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kdekareaga

Agua

Cae el agua como si jamás hubiera hecho otra cosa que empapar nuestros cuerpos, incluso nuestras almas, con esa lluvia fina que los listos llaman mojabobos. Unas veces, para ser exactos, cae como hemos relatado anteriormente; otras, en cambio, imbuida por  un extraño deseo de venganza, se lanza sobre nosotros con una entrega que hace siglos no se ve entre los humanos, ni siquiera entre los animales, cada vez más arrinconados en sus selvas transformadas en ghettos por el hombre*.

            Agua, ríos sucios, castrados en su caudal, pobres remedos de lo que fueron un día, asaltados sin piedad alguna, ni siquiera para los más sagrados, ni siquiera para los más puros, ni siquiera para los más lejanos, despojados de sus aguas en honor de las lavadoras y los jacuzzis, de los campos de golf  y los plásticos que esconden su botín.

            Botín trabajado por miles de inmigrantes ilegales, nuevos, o viejos, esclavos que cultivan tomates, lechugas, etc, en cantidades industriales, como nunca se hubiera soñado, y que, contraviniendo todas las normas del mercado que dicen que a mayor oferta el precio ha de bajar, se han puesto verdaderamente por las nubes en una más de las miles de demostraciones que los neocapitalistas nos regalan para que ningún iluso tenga la más mínima esperanza en que el “ laissez faire ” sigue vigente.

            Agua que se atreven a despreciar hasta el nivel de asegurar, con la desfachatez  que les es característica, que el agua que los ríos vierten a la mar es ¡Agua perdida!, como si la evaporación y transformación de la misma en nubes que, empujadas por los vientos hacia tierra, vuelven a arrojarla sobre el suelo, creando fuentes, ríos, acuíferos en general que significan el volver a empezar, el eterno retorno que sin el agua “perdida” en el mar (PP dixit) jamás sería posible.

            Pero es que, ¿en realidad es tan difícil sentarse con buena voluntad y pensar no sólo en nosotros, sino en las generaciones que nos siguen? Me temo que la buena voluntad es algo que no abunda últimamente, y  vamos a pagar un precio muy alto, demasiado alto por nuestra imprevisión, por nuestro egoísmo*, por seguir creyendo en un antropocentrismo que nos lleva de catástrofe en catástrofe sin el más mínimo atisbo de cambio, lógico, por otra parte, ya que si Dios les dio la tierra para que dispongan de ella a sus anchas, cualquiera les tose, ¿verdad?

            Agua, cuyo precio llevan tiempo advirtiéndonos van a subirnos por ser insostenible. Insostenible para ellos y sus ansias de ingresos, que sólo, y nunca mejor dicho, tienen el cielo por techo, e insostenible porque hoy en día aún permite ciertos tipos de agricultura que a ellos no les reporta el mínimo beneficio, la tradicional y la ecológica, por ejemplo.

            Ingresos que, una vez repartidos, con lo que sobre más los presupuestos del estado o de sus miniestados, les permitirán seguir encauzando, empantanando, castrando más y más ríos hasta que a nuestra naturaleza no la reconozca ni la madre que la parió.

           

            Seguiremos informando

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