Caminaba calle abajo.
Caminaba calle abajo. Caminaba, o, más bien, se deslizaba calle abajo como sólo saben hacerlo los profesionales. Nadie que se cruzase con él podría siquiera imaginar la apremiante necesidad de desaparecer cuanto antes entre aquella asquerosa maraña de gente que, aún objeto de su más absoluto desprecio, le brindaba la maravillosa oportunidad de diluirse en el anonimato.
Caminaba calle abajo, con la mano derecha apretando muy fuerte algo en el bolsillo derecho de su cazadora, como si tuviera miedo de aflojar la presión de su mano sobre ello, incluso como si esperara una inminente calamidad en el mismo momento en que dejara de hacerlo. Estaba completamente seguro de que nadie, absolutamente nadie tenía ni la más mínima sospecha sobre su anodina persona, pero ni aún así, ni por un millón de euros, apartaría su anquilosada mano de su semiautomática aún caliente, aún viva, aún viva para matar a quien hiciera falta todavía.
Caminaba calle abajo, sabiendo que había cumplido su encargo, y sabiendo lo que eso significaba caminaba cada vez más rápido, sin importarle ya el llamar la atención, aunque el hecho de sentir su Beretta del 9 en su mano aún le infundía la cálida, aunque vana, esperanza de salir con vida de este trance.
Caminaba sobre el límite entre caminar y correr, vislumbrando ya la entrada del aparcamiento donde había dejado su coche, con un ojo mirando adelante y el otro hacia atrás, y al verlo tan cerca, y al verse tan cerca, por unos momentos llegó incluso a coger fuelle suficiente para pensar que incluso podría salir de ésta.
Caminó hasta la máquina del aparcamiento, puta máquina, pensó, y, muy a su pesar, y después de otear los alrededores, hubo de soltar su tótem para sacar el monedero de su bolsillo derecho. Sólo unos segundos, los necesarios para que desde detrás suyo alguien le disparase cuatro tiros a una distancia que no dejaba ningún resquicio a la esperanza. Sintió perfectamente el calor de los plomos en su cuerpo, y cómo el frío empezaba a sustituirlo si ninguna compasión, y lo último que oyó fueron los pasos escurridizos de su asesino que, alejándose cada vez más, caminaba calle abajo.
Caminaba, o, más bien, se deslizaba calle abajo como sólo saben hacerlo los profesionales.
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