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Ángel González

Recuerdos de una tarde asturiana, de un encuentro al que asistí por pura casualidad, de un piso en Oviedo, cedido por su amigo  Benito como epicentro de un regreso no tanto físico como emocional, un regreso tantos años postergado, cuyo pretexto, si es que alguna vez hizo falta pretexto alguno para volver a casa, no era otro que la concesión del Príncipe de Asturias a un absoluto extraño para la práctica totalidad de la población asturiana, entre la que me incluía, que supo de la noche a la mañana de uno de sus más preclaros ciudadanos, años atrás exiliado geográficamente, harto de vivir exiliado vital e intelectualmente en un país que no admitía su nefasta manía de pensar.

Recuerdos de un hombre que contagiaba una serena paz interior, con un sentido del “tempo” difícil de explicar sobre papel, que hablaba con una familiaridad, con una campechanía que me impresionó, sobre cualquier tema que iba saliendo a relucir.

Recuerdos de un poeta, y reconozco que a mí se me hace muy difícil la poesía después de Auschwitz, de un poeta buena persona, o de una buena persona poeta, de un hombre que,  no me cabe la menor duda ,inspiró el papel que bordó Ferrandis en “Volver a empezar”, que llevó a un asturiano al Oscar: exilio voluntario, negativa a regresar durante tantos años, trabajo de profesor de Literatura española en una universidad norteamericana, y el regreso a la tierra que lo vio nacer. Es cierto que en ésto era prácticamente igual, pero no en cuanto a su vida privada, pues  no había una Amparo Baró esperándole, ni mucho menos. Y es que, estando allí sentados, hablando un poco de todo, pues había veraneado en La Arena y recordaba con alegría sus días en el bajo Nalón, llenó la sala donde nos encontrábamos una ola morena que salpicaba de vitalidad hasta el último rincón, captando la atención incluso de los rancios personajes que poblaban las retratos que cubrían las paredes. Veinte años, alumna suya en Alburquerque, Nuevo Méjico, su esposa, y entonces entendí de donde provenía aquella vitalidad que, aunque muy distinta de la de ella, llamaba la atención en un hombre que rozaba la ancianidad. En sus gestos, en su casi perfecta complementación, vi claro que la base de aquella relación, para muchos imposible, era la suma de dos ingredientes que parece hoy en día no abundan: complicidad y respeto.

Descanse en paz Ángel González, Poeta.        

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